El sábado pasado asistí a un seminario sobre maridaje que ofreció Ferran Centelles, uno de los mejores sumilleres de España, para Outlook Wine.
Encantador y apasionante, no presume de nada y te da 7 horas seguidas de una clase cargada de información y contenido nuevo. Descubres. Te acuerdas de todo, lo disfrutas y si quieres y el cuerpo te pide, reflexionas un poco más allá del vino en si.

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Es cierto que es difícil salirse de los límites del vino, porque como bien cita Ferran a Josep Pla… “El vino constituye un elemento que es inseparable de la vida.”

A los pocos minutos de estar en materia, nos pregunta por una experiencia memorable de maridaje.
Pam! La mayoría no recordamos ninguna en particular, lo que desconcierta, porque todos sentimos que hemos participado de momentos gastronómicos increíbles y los que lo hacen, mencionan experiencias extremas… quesos fuertes y güisqui por ejemplo.

Bien, siente el profe, la estadística se confirma.
El 90% de los maridajes están ubicados en una escala de intensidad normal y buena, combinando comida y vinos que están en el lugar común, en el círculo de confort, en el lugar del reconocimiento, sin embargo nada memorable.

¿Supone esta experiencia en maridaje gastronómico una metáfora de la vida actual?
Creo que si. Extrapolando, vivimos dentro de un sistema emocional y material donde confirmamos nuestra identidad en tanto la pertenencia a la manada aunque signifique vivir una vida poco memorable.

Vivimos la ilusión de una libertad en la que sentimos que somos en tanto compartimos criterio con la tribu y nos da un miedo paralizante y vergonzante simplemente ser si nuestra sensibilidad no coincide con la hegemónica. En corto, no hablamos de mayorías y minorías, igualmente valiosas. No nos conforma ser mayoría, tenemos que erradicar de la ecuación todo tipo de minoría, es decir de discrepancia, que amenace el estándar.

Este es un dilema cultural y existencial. Es una circunstancia que puede pelarle los cables a más de uno. Porque produce un choque muy estresante creer que se vive en libertad a secas mientras que la realidad es que hay una cierta solidaridad mientras confirmes a la manada pero ésta te expulsará del grupo de referencia en silencio sordo y criminal si eres diferente.

Tabano

¿Diferente? Sigamos con el maridaje entre vino y comida…
Recordamos la experiencia extrema. El queso salado con güisqui.
Así como recordamos a la persona intensa, que es extrema en su pensamiento, en su planteo ideológico, que dice lo que piensa, que critica, que sube un poco el tono, la que es pasional, etc… La que, probablemente, muera en los intentos, cosa de confirmar que no vale la pena intentarlo.

Y este sentir instalado más allá del nivel consciente, es a mi juicio muy peligroso.
Las estadísticas sobre maridaje no son españolas, son a nivel global.
Y la aplanadora que estandariza también. Pero es cierto, que en algunos colectivos, funciona con más eficacia que en otros.

En España es muy potente. Siento que sólo se funciona por la positiva entendiendo toda forma de crítica como ataque, victimismo, disconformidad sin argumentos.
El asunto es que, cada vez que me encuentro en una discusión entre los que piensan que hay crítica y los que pensamos que no, no es posible aportar un sólo nombre, emprendimiento o medio de comunicación de cualquier índole, que la realice.

Ciertamente, no existe esto en el mundo del vino. Y las personas que podrían y a mi juicio deberían hacerlo, terminan por colaborar con medios prestigiosos que les prestigian, pero a partir de la nota de cata, la expresión de felicidad crónica y el descubrimiento permanente. Dudo, por no afirmar, que lo que cobran sea interesante.

El lugar común es imprescindible. Es el lugar al que según Aristóteles debía dirigir su discurso el líder o expositor ante la masa.
Pero es muy importante, vital, que se sepa valorar al tábano, al planteo molesto, que se escuche al que grita, que acaso levanta tanto la voz desesperado de no lograr ni el mínimo de atención.

En España funcionamos así en todo. Yo lo veo en el mundo del vino y en la vida en general.
Son admirados aquellos que no incomodan. Y pido que me recuerden algún ser valiosamente incómodo que yo no conozca, porque conozco muy poco y sobre todo nada, y no quisiera ser injusta.

En lo político, en lo social, en lo económico, en lo cultural, en definitiva en términos civilizatorios, consolidamos ateridamente, el lugar común, y matamos desde una mesocracia poderosa, toda expresión de molestia, deseo de cambio, tocada de cojones, tábano.

Recorremos un camino peligroso de cuerpo pesado, muy cálido, acidez media y baja que refuerza la idea de que la vida en este ambiente es, al decir de un gran amigo y filósofo uruguayo… “como nadar en una piscina de dulce de leche”.

¡No a la dictadura de las mesocracias!

¡Pongamos un poco de queso salado con güisqui en la vida!