Mi vuelta romana, cuando se trata de 3 días, es de reconocimiento de los sitios que me conmueven y lo harán siempre. El Pantheon di Agrippa, Campo dei Fiori y Santa Maria in Trastevere. Esta última, por la experiencia clandestina de descubrir a Caravaggio y el éxtasis de de la beata Ludovica Albertoni, hecho por Gian Lorenzo Bernini y oculto en la pequeña y desastrada parroquia de San Francesco a Ripa, consagrada al culto de Francisco de Asis. En tiempos, espero que sin retorno, la Iglesia Católica los exilió en templos apartados, conscientes del valor artístico pero incapacitados para sobreponerse al esquema culposo del placer como pecado.
Yo pecadora confesa, no viajo sin consultar primero a mis oráculos por el buen comer y beber; he tenido ya suficientes decepciones.
Joan, voy a Roma, ¿dónde como? Il Goccetto vino e olio, via Banchi Vecchi 14. Estaba a 4 o 5 calles. ¡Vamos!


ll Goccetto, ocupa, desde 1983, una de las esquinas del palazzeto del Vescovo di Cervia (1527, inacabado) . Es pequeño, con dos o tres escalones en la entrada, una barra corta con una nevera donde exhiben alcachofas a la romana, boquerones en vinagre, embutidos, quesos, olivas, todos productos locales y artesanos. Las paredes, de unos 4 metros de alto, están forradas de estanterías con botellas vino, de las más de 800 referencias que en el correr de los años van incorporando. Los techos, encasetonados de madera, probablemente originales, están apuntalados por dos grandes vigas de hierro y sostienen unos ventiladores de 3 aspas cortas, que mueven el aire de todos los tiempos. En la entrada los parroquianos te dan la bienvenida.
Al principio nos sentamos en un rincón al lado del baño. Íbamos a ser 4. Esperando abrimos una botella de vino blanco, Poggio della Costa, imbottigliato por Sergio Mottura y una mesa en la entrada quedó libre. ¿Podemos cambiarnos? ¡Claro!
Nos sentamos alrededor de una mesita redonda de mármol que no haría más de medio metro de diámetro. De frente, la entrada y la pequeña barra, en mi espalda, Foradori. Nada malo podía suceder.
Éramos 4 uruguayos, dos residentes en Roma, dos en Barcelona, una muy aficionada al vino. Íbamos bebiendo y haciendo base sólida. Con Claudio mirábamos la planta propiamente del lugar y era inevitable comentar que si ese sitio estuviera en Barcelona, por normativa, les hubieran obligado a forrar todo de material ignífugo, ¡incluidos los techos de hace 5 siglos! Se ve que el tono de voz subía, que el vino nos había colocado en estado de eucrasia, cuando uno de estos parroquianos sentados ya en la barra, miró con aire entre pícaro y admirado y dijo ¡ah Uruguay, vuestro presidente!
Resulta que, a la sazón, uno de los nuestros, era el embajador Uruguayo en Italia, cosa que, en la discreta escala rioplatense, se vive con naturalidad y ninguna pompa, pero dio pie a que ese hombre al borde de los 60 años, de melena blanca y despeinada, algo pasado de peso por una vida bien vivida y mirada azul profundo, hablara de su idea del Pepe Mujica, el presidente superstar. Y la tertulia se armó. Estábamos cerrando el boliche y ya se podía fumar y hablar fuerte sin molestar a nadie, por seguir, por ejemplo, una divertida provocación sobre la variedad Tannat o los matices por la comparación entre Mujica y Perón que detonó una reflexión filosófico política muy interesante y un repaso por la historia política italiana que revelaba implicación, compromiso, toma de partido, intensidad. Éramos desconocidos cayendo en la intimidad.

No nos queríamos ir. Ninguno. Deseábamos desesperadamente quedarnos adheridos a ese momento pasional. Abrazarnos para siempre en esa plenitud. Estábamos tocando la vida, su secreto más profundo, lo sabíamos, conscientes que la condición sine qua non de la felicidad es que es corta y se acaba. Y se acabó. Pero nos fuimos en busca de más. Avidez. Deseo. Roma a través del ojo de la cerradura. Colas para mirar attraverso Il buco. Y el recuerdo inmediato de La grande bellezza, cuando su protagonista intemporal, carnal, colorido, elegante, seductor, vital, amante experimentado, puede abrir esa puerta y acceder a lo prohibido… ¡Qué maravilla! También somos fantasía. ¡Qué gozada poder imaginar esas vidas y darles materia aunque sea de película!
La tarde estaba preciosa, Roma olía a jazmines, el color del aire era medio rojizo y su aspecto algo brumoso. Volvíamos los cuatro a casa de mi tío Alberto, a la sazón el embajador uruguayo en Italia, todavía saboreando aquella giornata molto particolare. Yo, que para los placeres de la vida soy insaciable, volvía sobre Il Goccetto, pensaba en aquel tipo tan intenso, había un imán que tiraba, cuando mi tío me dice, Malenita! Sabés quién es ese loco?! No, ¿quién es? Se llama Umberto Contarello y es el guionista de La grande bellezza… Pah! Cerrá y vamos!

Alberto y Umberto en Il goccetto

Pasado el impacto y el tiempo me siento a repasar las imágenes y escribir como buenamente puedo esta historia que siento merece ser compartida y me pregunto si hubiera sido así de no haberme apasionado por el vino sus creadores sus servidores y sus amantes en un día exacto del cual todavía tengo el recuerdo.

¡Baci per tutti!